COVID-19: de la negación al pánico

COVID-19: de la negación al pánico

El miedo es un mecanismo de supervivencia. Esta emoción primaria esencial hace que seamos precavidos y permanezcamos en guardia contra aquello que percibimos como un riesgo. Por nuestra propia seguridad, es de vital importancia que sintamos un mínimo de activación o estrés, de otro modo no perduraríamos ni como individuos ni como especie.

Por tanto, el miedo no solo es normal, sino también necesario en tiempos de coronavirus: se trata de una amenaza real a escala mundial de la que debemos protegernos. No obstante, es necesario preservar la serenidad e impedir que el temor a la COVID-19 degenere en comportamientos irracionales y contraproducentes, tanto para nosotros como para los demás: reconocemos que el miedo es excesivo cuando nos paraliza, nos impide pensar con claridad, nos bloquea y nos empuja a tomar decisiones precipitadas. 

Cuando el miedo muta a disfunción y se convierte en pánico y ansiedad generalizada, provocan en nosotros una percepción de peligro y un estado de alarma permanentes ante la posibilidad de contagiarnos y morir, una verdadera obsesión hipocondríaca que se desencadena si interpretamos cada síntoma como una señal real de infección por coronavirus.

La línea que separa el miedo funcional, efectivo y adaptativo, o estrés positivo

, del excesivo, o estrés negativo

, es muy fina y fácil de franquear. De hecho, la intensidad del miedo a lo largo de la crisis de la COVID-19 ha ido fluctuando en la mayoría de las personas, así que es fácil saltar de un lado al otro.Al inicio de esta crisis,

 al tratarse de un enemigo invisible que autoridades y medios comparaban con el virus de la gripe y que se percibía como un problema lejano y ajeno, muchas personas negaron o subestimaron el riesgo de esta enfermedad

, poniéndose en peligro ellas mismas y a los demás al no protegerse o soslayar las pertinentes medidas de seguridad. 

En cambio, otras entraron en pánico, manifestando comportamientos paradójicos. Por ejemplo: a pesar del miedo al contagio, acudieron a comprar a supermercados repletos de gente, desabasteciéndolos de productos tan básicos como el papel higiénico, que tanto juego dio hace unas semanas. 
Podemos afirmar que en esta crisis la mayoría de personas ha oscilado de la negación al miedo excesivo.

En los últimos días hemos podido observar patrones parecidos: el pasado 26 de abril, el primer día que las autoridades permitieron la salida controlada de los niños menores de catorce años con un acompañante, y el fin de semana 2 y 3 de mayo que se permitió la salida generalizada y controlada a los adultos por franjas de edad y actividad, un gran número de personas se aglomeró en plazas, avenidas o paseos tras haber guardado confinamiento estricto durante más de 45 días.Debemos procurar mantener nuestro temor a la COVID-19 estabilizado y en su justa medida: es la barrera de protección más segura hasta que no dispongamos de una vacuna

. En ningún caso hay que bajar la guardia, sino reflexionar sobre lo ocurrido y analizar en qué punto nos encontramos cada uno de nosotros. La ausencia de miedo nos convierte en presa fácil del virus, mientras que, cuando nuestro temor se transforma en terror, no solo nos inmoviliza, sino que además saca lo peor de nosotros mismos.

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